A propósito de la fiesta de San Valentín. ¿Dónde comienza el amor?
El amor no empieza en la pareja, ni en los hijos, ni en los vínculos que construimos después. El amor — el verdadero, el que sostiene la vida— comienza en el origen, en ese primer gesto de entrega que hicieron quienes nos trajeron al mundo. Y reconocerlo no es ego, es gratitud.
¿Dónde comienza el amor? Una reflexión para volver al origen
Hay preguntas que no buscan una respuesta rápida, sino un regreso.
Una de ellas es: ¿Dónde comienza el amor?
En un mundo que nos empuja a mirar hacia afuera —a la pareja ideal, a los vínculos que construimos, a los afectos que perseguimos— solemos olvidar que el amor no nace en el presente.
El amor, el verdadero, tiene raíces más antiguas que nuestra conciencia.
El primer gesto de amor: la vida misma
Antes de que pudiéramos hablar, elegir o comprender, ya había dos personas sosteniendo nuestra
existencia.
Con sus luces y sombras, con sus aciertos y sus límites, nuestros padres fueron la primera
fuente.
No fueron perfectos, pero fueron origen.
Y toda fuente, incluso la imperfecta, merece gratitud.
Ese primer acto —la entrega del cuerpo, del tiempo, del esfuerzo, de la historia— es el punto
donde el amor comienza a latir.
No en la pareja.
No en los hijos.
No en los vínculos que elegimos después.
Comienza en quienes nos dieron la vida.
Amor propio: no ego, sino gratitud
Hemos confundido el amor propio con un ejercicio narcisista.
Pero amarse no es mirarse al espejo con adoración.
Amarse es honrar el origen.
Es reconocer que dentro de nosotros vive algo que no empezó con nosotros:
una cadena de dones, de sacrificios, de intentos, de amor imperfecto pero real.
Cuando agradecemos ese origen, algo se ordena.
La vida fluye distinta.
La identidad se asienta.
El corazón deja de pelear con su historia.
El giro que transforma
El amor propio no nace de la autoexigencia ni de la autosuficiencia.
Nace de la memoria.
De agradecer lo recibido, incluso lo que no entendimos en su momento.
De mirar a nuestros padres —tal como fueron— y decir:
“Gracias por la vida. Gracias por lo que sí pudieron dar.”
Ese gesto interior abre un espacio nuevo.
Un espacio donde el amor deja de ser una búsqueda desesperada y se convierte en un estado de
presencia.
Cuando honramos la fuente, el amor se expande
Reconocer el origen no nos ata al pasado: nos libera.
Nos permite amar sin carencias, sin exigencias desmedidas, sin repetir viejas heridas.
Nos permite amar desde la abundancia, no desde la necesidad.
Porque cuando el amor comienza en la gratitud, todo lo demás se vuelve más claro, más suave, más verdadero.
