Pax et Bono
Hay palabras que parecen antiguas como la luz: paz y bien. Dos palabras que, al pronunciarlas, abren un espacio de claridad en medio del ruido del mundo. San Francisco de Asís las convirtió en saludo, en camino y en forma de mirar la vida. Hoy, en tiempos de prisa y desasosiego, vuelven a nosotros como un recordatorio suave, casi un susurro: la serenidad no llega desde fuera, sino que brota desde lo hondo del alma.
El hábito humano
Durante siglos hemos esperado que la paz nos sea concedida, como si fuera un don que otros deben otorgarnos antes de que podamos habitarla.
Pensamos: “Seré bueno si me tratan bien; estaré en paz si el entorno me lo permite”.
Es un razonamiento comprensible, casi mecánico, pero sus frutos han sido escasos. Vivimos épocas en las que la ansiedad se ha vuelto compañera cotidiana, y la búsqueda desesperada de alivio externo se ha normalizado hasta confundirse con la vida misma.
La diatriba interior
Surge entonces la pregunta que atraviesa este pensamiento como una columna vertebral: ¿Dónde nace la inquietud? ¿En qué lugar se origina el miedo? ¿Quién enciende la falta de paz?
Quizá —como intuyeron los sabios— la respuesta está dentro. El miedo puede ser grande, sí, pero alguien debe detenerlo, y ese alguien somos nosotros mismos. La paz no es un regalo que llega desde afuera: es una decisión silenciosa, un acto íntimo de valentía.
La paz como claridad
Cuando decimos “estoy en paz”, solemos imaginar bienestar, estabilidad, control. Pero el control es una ilusión fatigosa, una red que se rompe en cuanto intentamos tensarla.
La paz verdadera no nace del dominio, sino de la aceptación: aceptar lo que somos, lo que sentimos, lo que la vida trae. Desde esa aceptación surge una realidad amable, una forma más suave de habitar el mundo.
Realidad amable
La realidad amable comienza por mirarnos con compasión. Entendernos, perdonarnos, reconocernos como seres en proceso. “Desde lo que yo era hice lo mejor que pude con lo que tuve” de acuerdo con el Ho’oponopono — una práctica espiritual y de reconciliación tradicional hawaiana. Quien se comprende a sí mismo puede comprender a los demás sin pretender moldearlos. La paz interior se convierte entonces en un modo de mirar, en una forma de estar.
Una vía alternativa
Desde esa comprensión nace el amor en primera persona. No un amor narcisista, sino un amor que reconoce la propia dignidad: quien se ama no permite el abuso, ni el desprecio, ni la sombra que otros quieran proyectar sobre su luz. Quien se ama se sabe criatura digna, hijo o hija de Dios, parte luminosa de la naturaleza. Y desde ahí, desde esa raíz firme, brota la paz.
El bien como fruto
El bien no es un acto aislado: es la consecuencia natural de la paz. Nadie puede dar lo que no posee. Cuando la serenidad se asienta en el corazón, el bien fluye como agua clara: en la palabra, en el gesto, en la intención. El bien es derramarse sobre uno mismoprimero, para luego derramarse sobre los demás sin esfuerzo, sin cálculo, sin miedo.
Paz y Bien
Antes de amar afuera, es necesario regresar adentro. Allí, en ese centro íntimo que nadie puede arrebatarnos, vive el amor que sostiene, la paz que calma y el bien que ilumina.
Allí comienza todo. Paz y Bien.
